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Perasha Noah

 

En el año 600 de la vida de Nóaj, en el decimoséptimo día del segundo mes, en este día todas las fuentes del gran abismo se abrieron y las ventanas del cielo se abrieron... Y las aguas del Diluvio fueron sobre la tierra... En el año 601... el día veintisiete del segundo mes, la tierra se secó. - Génesis 7:10-11; ibíd. 8:13-14

[La discrepancia entre estas dos fechas] representa los once días con que el año solar es mayor que el año lunar; en consecuencia, el Diluvio duró un año completo. - Rashi, sobre Génesis 8:13 Has designado el fin de semana para algún tiempo de calidad con tu familia cuando suena el teléfono; naturalmente, es una emergencia en la oficina que requiere tu involucración inmediata. Te has reservado la noche para realizar trabajo voluntario en tu comunidad; en cambio, la gastas con tu mecánico del vecindario atendiendo otra erupción de problemas en tu automóvil.

Pocos de nosotros, por fortuna, han enfrentado un "verdadero" diluvio en el que torrentes de agua amenacen engullir el propio hogar. Pero estamos bien familiarizados con la experiencia de vernos inundados por las preocupaciones de la vida material, de vernos empantanados con todo tipo de cuestiones que demandan nuestra atención precisamente cuando por fin lográbamos llegar a las cosas que nos son verdaderamente importantes y preciadas.

Los maestros jasídicos explican que ésta es la significación contemporánea del gran Diluvio que la Torá describe en los capítulos séptimo y octavo de Génesis. Un principio básico de la enseñanza jasídica es que todo en la Torá es eterno, constituyendo sus eventos "históricos" realidades siempre presentes en nuestras vidas.

El Diluvio de Nóaj es el prototipo de un desafío que todos encaramos: el diluvio de preocupaciones materiales que amenaza con sofocar la llama de afán espiritual que albergamos en nuestras almas[1]. De hecho, nuestros Sabios nos dicen que el Diluvio de Nóaj comenzó como una lluvia ordinaria que las infracciones del hombre hicieron aumentar y convertir en Diluvio.

En otras palabras, en su apropiado contexto y proporción como un medio regulado hacia un fin superior, las metafóricas aguas del materialismo son una lluvia benéfica y nutriente de vida; pero cuando se les permite rebasar sus fronteras, se convierten en una inundación destructiva. La importancia más profunda del Diluvio de Nóaj se refleja también en el hecho de que comenzó y terminó en el segundo mes del año judío, el mes de Jeshván.

El primer mes del año, Tishrei, rico en festividades, es dedicado totalmente a procuras espirituales: renovar nuestro compromiso con la Soberanía Divina en Rosh HaShaná; arrepentirnos de nuestros fracasos en Iom Kipur; celebrar nuestra unidad como pueblo y la providencia sobre nuestras vidas por parte de Di-s en Sucot; regocijarnos con nuestro nexo con la Torá en Simjat Torá.

El siguiente mes, Jeshván, marca nuestro regreso a la "rutina diaria" de la vida material. En Jeshván, las lluvias comienzan a caer en la Tierra Santa y el granjero ara y siembra sus campos, significando el retorno a una vida que deriva su nutrición de la tierra. No es coincidencia que Jeshván (también llamado Mar-Jeshván, significando mar tanto "amargo" como "agua") es el más ordinario de los meses: el único del año sin festividad u ocasión especial alguna.

El Calendario Judío El Diluvio de Nóaj comenzó el 17 de Jeshván en el año 1656 desde la Creación, y terminó el 27 de Jeshván del año siguiente. Los comentaristas bíblicos explican que el Diluvio duró exactamente un año, y que la discrepancia de 11 días en las fechas representa la diferencia de 11 días entre los años lunares y solares. Esto refleja el hecho de que diferentes componentes del calendario se basan en una variedad de ciclos naturales que no se prestan fácilmente a la sincronización. El mes deriva de la órbita lunar de 29,5 días alrededor de la Tierra; el año, del ciclo solar de 365 días.

El problema es que 12 meses lunares suman 354 días, once días menos que el año solar. La mayoría de los calendarios tratan esta discrepancia simplemente ignorando uno u otro de los temporizadores celestiales. Por ejemplo, el calendario gregoriano (que ha logrado una jerarquía casi universal) es de base totalmente solar. Sus 365 días se dividen en 12 segmentos de 30 o 31 días, pero estos "meses" han perdido toda conexión con su asociación original con la luna.

Hay también calendarios (tal como el musulmán) que son exclusivamente de base lunar, con meses fielmente armonizados a las fases de la luna.

Doce meses tales son considerados un año, pero estos "años" no guardan relación con el ciclo solar (una fecha determinada en ese calendario, en ciertos años, caerá en medio del verano y, en otros, en lo más crudo del invierno).

El calendario judío es único en que reconcilia los flujos del tiempo solar y lunar. Empleando un complejo ciclo de 19 años en el que los meses alternan entre 29 y 30 días y los años entre 12 y 13 meses, el calendario judío fija sus meses por la luna, y sus años por el sol, combinando el tiempo lunar y el tiempo solar en un sistema único mientras conserva la integridad de cada uno de ellos. Pues el sol y la luna representan las dos caras de una dicotomía que cruza virtualmente cada aspecto de nuestra existencia, una dicotomía cuyas diferencias debemos respetar y preservar incluso mientras las incorporamos a un enfoque coherente de la vida.

 
Rab Salomón Yabra - Director de Lecareb Lebabot
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